• Por: Juan Gonzalo Echeverry

    Renuncia

    Creo que renunciaré a este mundo.

    Ya no buscaré la pirámide de oro,

    ni a Beatriz en su paraíso.

    Aceptaré que no veré

    su cabello azabache.

    Me hundiré en la fría lava,

    en el mundo tangible, infinito y sublime.

    Mis manos dejarán de sostenerse,

    y caerán el agua y la tierra.

    Me sumergiré en la agonía

    placentera de la resurrección.

    El cambio será un destino frío.

    Volaré dentro de la tierra

    para encontrar mis raíces

    y arrancarlas…

    para perderme.

    Estoy exhausto de hablarte

    y no escucharme.

    Las palabras se disuelven en mi mente;

    en mi boca solo perdura lo no dicho.

    Creo que es verdad:

    renunciaré al mundo.

  • Por: Juan Gonzalo Echeverry

    No he podido alejarme de mi oscuridad,

    caigo, una y otra vez,

    en el pecado eterno.

    Me siento culpable por ser yo,

    por esta existencia vana,

    por el vacío insoluble de mi vida.

    La felicidad me huye con miedo,

    mis pensamientos se hunden en lodo.

    La lluvia fría no me limpia:

    me invita a no vivir,

    a no respirar,

    a dejarme llevar por el agua

    y que mi cuerpo flote

    en el fondo del mar.

    No soy lo que debería ser.

    Estoy roto

    en las esquirlas de un aire negro.

    El camino,

    la única salida,

    es la solución suicida:

    esa luz oscura que ilumina.

    Ellium.

    Fri.

    Tomen mi poco espíritu.

    Llévenlo lejos.

    Déjenlo dormir.

  • Por: Juan Gonzalo Echeverry

    La sangre no está en mis manos.

    El pecado es ajeno,

    lejos de mí.

    Pero siento como si hubiera dicho el sí.

    Siento la culpa, el remordimiento

    del crimen, de la barbaridad,

    la insensatez que fue más allá.

    Pero solo puedo observarla

    desde la lejanía de mi sombra.

    El secreto ha sido revelado.

    Yo lo sé. Yo lo conozco.

    Piensan que soy el que ignora,

    el durmiente despistado,

    pero lo sé todo,

    porque mis oídos escucharon el susurro escondido.

    La sangre no está en mis manos,

    pero siento mis dedos empapados de ella.

    Quisiera purificarme y olvidarme,

    alejarme y eliminarme.

    Sin embargo, el peso regresa.

    La sangre está. No se lava,

    no se borra,

    y en el río del tiempo

    se sigue manchando rojo.

  • En la oscuridad de la noche

    el placer me tienta.

    El pecado me llama,

    y no pido que este cáliz se aparte.

    Caigo, como he caído

    mil y una veces.

    Trato inútilmente de purificarme,

    de lavar el barro,

    de limpiar el alma.

    Me levanto, renazco,

    pero vuelvo a caer.

    Enganchado como el adicto,

    como el pecador,

    como aquel que no tiene cura.

    Ese soy yo:

    el enfermo terminal,

    el que no lanza la piedra,

    Iván el Terrible en plena locura.

    Mas mis fuerzas se alejan,

    cada vez más hondo en el fango,

    en el hoyo,

    en la plegaria no dicha del golem.

    Quiero ser santo,

    volar al cielo,

    caminar sobre las aguas del Jordán.

    Mirar a los ojos al único,

    verme sin mancha,

    oírme como canto celestial,

    y sentirme suave,

    casi intangible.

  • Por: Juan Gonzalo Echeverry

    En la penumbra misteriosa de la noche,

    me pierdo en la oscuridad de mi ser.

    Mis ojos, inservibles, buscan la luz

    de la esperanza. Pero el tiempo se ha agotado,

    y el vaso ya está roto.

    La lluvia, con su presencia infinita,

    derrumba la casa que fui,

    la casa que soy

    y que nunca seré.

    El olvido no es más que la memoria

    de lo que nunca existió.

    No hay ecos, ni voces que pronuncien

    mi nombre.

    Ni siquiera el tierno maullar

    de un gato hambriento en el invierno.

    No soy olvido,

    porque nadie soy.

    Como hombre invisible

    dejo que no me vean.

    Mi don es no ser.

    La impermanencia me llama,

    y yo acudo a ella

    con las venas abiertas.

  • Por: Juan Gonzalo Echeverry

    Crimen y castigo es, sin lugar a dudas, uno de los clásicos más emblemáticos de la literatura universal. Se han escrito incontables reseñas sobre esta obra, lo que demuestra su relevancia y el impacto que ha tenido en generaciones de lectores. Es, probablemente, la novela más famosa de Dostoyevski, y puede considerarse a la misma altura de obras universales como La Divina Comedia de Dante o Fausto de Goethe. A diferencia de estos relatos que exploran la redención y la condena desde un punto de vista religioso o alegórico, Crimen y castigo nos sumerge en la psique de un individuo atormentado, atrapado en una espiral de culpa y racionalización.

    Desde sus primeras páginas, la novela nos presenta a Raskólnikov, un joven estudiante que, movido por una teoría personal sobre la división entre los «hombres extraordinarios» y el resto de la humanidad, decide poner a prueba su idea cometiendo un asesinato. Asesina a una anciana usurera, no solo por necesidad económica, sino para comprobar si pertenece a esa categoría superior de individuos que pueden trascender la moral convencional. Sin embargo, su plan se ve alterado cuando, por circunstancias imprevistas, se ve obligado a matar también a la hermana de la usurera, una joven inocente que se convierte en testigo del crimen. Este segundo asesinato, que no formaba parte de su supuesta «racionalidad», marca el inicio de su descenso al tormento psicológico y a la lucha interna que lo consume a lo largo de la novela.

    Una de las particularidades de Raskólnikov es que, a pesar de su naturaleza conflictiva y destructiva, cuenta con personas que se preocupan genuinamente por él. Si en algún momento logra vislumbrar una posible redención, es gracias a quienes lo rodean y lo aman a pesar de todo: su madre, su hermana Dunia, su amigo Razumijin y, sobre todo, Sonia. Son ellos quienes representan el lado humano de la historia, el contrapunto moral ante el delirio intelectual y existencial de Raskólnikov. Sonia, en particular, encarna la expiación y el sacrificio cristiano: es una joven marcada por la desgracia y la humillación, pero que, a través de su fe y amor incondicional, se convierte en el faro que guía a Raskólnikov hacia la posibilidad de redimirse.

    Nos encontramos, entonces, con una dualidad fundamental dentro del protagonista: un hombre que puede ser gentil, bondadoso y simpático, pero que también es capaz de asesinar a sangre fría. Su crimen, que inicialmente justificó como un acto racional, comienza a pesarle cada vez más. Su teoría sobre los «hombres extraordinarios», que recuerda en muchos aspectos la idea del superhombre de Nietzsche, se desmorona en su propia psique. Aunque la novela fue escrita antes de que Nietzsche desarrollara su filosofía, la idea de que algunos individuos están por encima de la moral tradicional y tienen derecho a transgredirla es un concepto que resuena en ambos autores. Sin embargo, Dostoyevski nos muestra que esta teoría no se sostiene en la realidad: Raskólnikov no es un ser superior, sino un hombre atormentado, incapaz de sostener la carga de su propio crimen.

    El conflicto moral y filosófico de la novela se complementa con su estilo narrativo, característico de la literatura rusa del siglo XIX. Dostoyevski utiliza un enfoque profundamente psicológico, adentrándose en los pensamientos y emociones de sus personajes con una intensidad pocas veces vista en la literatura de su tiempo. Los diálogos, que pueden parecer densos y prolongados para algunos lectores, son en realidad una herramienta fundamental para construir la tensión psicológica y explorar los dilemas morales de la historia. Cada interacción, cada palabra dicha (o no dicha) contribuye al desarrollo de la trama y al deterioro mental del protagonista.

    Más allá del crimen y la locura de Raskólnikov, la novela plantea preguntas universales: ¿Es posible justificar el mal en nombre de un bien mayor? ¿Existen realmente personas que están por encima de la moral común? ¿Es el castigo impuesto por la sociedad suficiente para expiar una culpa, o es la propia conciencia el verdadero verdugo? Crimen y castigo no es solo la historia de un asesinato y sus consecuencias; es un estudio profundo sobre la naturaleza humana, la culpa, la justicia y la posibilidad de redención. Es una novela que desafía al lector a confrontar sus propias creencias sobre el bien y el mal, sobre el castigo y el perdón. Su grandeza radica en su capacidad para seguir siendo relevante a lo largo del tiempo, obligándonos a reflexionar sobre las mismas preguntas que atormentan a Raskólnikov en su camino hacia la expiación.

  • Por: Juan Gonzalo Echeverry

    Nos han vendido la idea de libertad como un hecho incuestionable. Se nos dice que decidimos nuestro destino, que cada paso que damos es nuestro, que el pasado ha sido un campo de batalla donde la opresión fue vencida. Pero ¿es así? O acaso nos han construido un laberinto de espejos donde la rebeldía no es más que una imagen reflejada, domesticada, absorbida. Lo distinto se vuelve moda, lo disruptivo se convierte en tendencia y lo que alguna vez fue revolución se vende en los escaparates de las grandes corporaciones. La cultura, la política, la música, todo lo que pudo haber sido una grieta en el sistema termina siendo su motor. Así, la rebeldía no desaparece: se recicla, se empaqueta y se nos revende. Este artículo es un intento por desentrañar el mecanismo perverso que mantiene viva la ilusión de libertad mientras perpetúa las mismas cadenas de siempre.

    La Trampa del Amo y el Esclavo

    Hegel hablaba de la dialéctica del amo y el esclavo, una lucha que debía culminar con la liberación del oprimido. Pero hoy, esa dialéctica se ha transformado. Ya no basta con dominar, ahora el poder debe poseer también la cultura, los símbolos, las palabras que pudieran dar luz a una revuelta. La libertad se ha convertido en un simulacro: creemos que elegimos, pero nuestras opciones están prediseñadas.

    Tomemos como ejemplo la democracia. Cada cierto tiempo se nos permite votar, creer que decidimos, cuando en realidad las cartas están marcadas. Los partidos que supuestamente compiten entre sí son parte del mismo engranaje, responden a los mismos intereses. En el mercado sucede lo mismo: cientos de marcas, decenas de opciones, pero al final, todo responde a un puñado de corporaciones que controlan los hilos del consumo.

    La Asimilación de la Rebeldía

    Las revoluciones han intentado romper este ciclo, pero el sistema es un depredador paciente. La Revolución Francesa eliminó la monarquía, pero instauró nuevas oligarquías disfrazadas de democracia. América Latina se liberó de los imperios coloniales solo para caer en manos de élites locales que replicaron el mismo esquema de poder.

    En el arte y la música, la historia es la misma. El rock, el punk, el rap, nacieron como expresiones de resistencia. Fueron un grito de rabia contra el orden establecido, pero hoy, sus estéticas y mensajes han sido asimilados por la industria. Lo que antes era transgresor, hoy es parte del entretenimiento corporativo. La rebeldía se ha convertido en mercancía.

    Esto no se limita al arte. Movimientos sociales que nacieron para desafiar estructuras han sido convertidos en campañas de marketing. La inclusión, la diversidad, la sostenibilidad, han sido despojadas de su carga revolucionaria y transformadas en slogans publicitarios. El poder no combate las revoluciones, simplemente las convierte en tendencia y las agota hasta que dejan de representar una amenaza.

    Un Sistema que Todo lo Degrada

    El capitalismo ha demostrado ser un devorador insaciable. Lo alternativo, lo marginal, lo prohibido, tarde o temprano es absorbido y convertido en un nuevo producto de consumo. Es un sistema que recicla la subversión, que la neutraliza en el proceso de convertirla en parte de la norma.

    La contracultura de ayer es la moda de hoy. La insurrección se convierte en performance. La indignación es un hashtag que se diluye en el scroll infinito de las redes sociales. Pensar fuera del sistema se vuelve casi imposible cuando incluso las formas de protesta han sido integradas dentro de sus mecanismos.

    ¿Es Posible Resistir?

    Si toda resistencia termina siendo parte del engranaje, ¿queda algo por hacer? Tal vez la respuesta no está en buscar una gran revolución definitiva, sino en mantener el cuestionamiento constante, en evitar que el pensamiento se vuelva un eslogan más. La verdadera insurrección podría no estar en las calles, ni en la música, ni en la política, sino en la capacidad de resistirse a la domesticación mental.

    Porque el desafío no es solo romper las cadenas visibles, sino aquellas que han sido instaladas en la forma en que entendemos el mundo. No hay un enemigo con rostro, no hay un tirano al que derrocar. El sistema está en todas partes y en ninguna, es un mecanismo que se perpetúa a través de la ilusión de libertad.

    Entonces, la pregunta sigue abierta: ¿hay alguna forma de romper el ciclo, de escapar de la absorción sistemática de la rebeldía? O tal vez, solo tal vez, el verdadero acto de resistencia sea negarse a jugar el juego.

  • Por: Juan Gonzalo Echeverry

    Tengo el peso del mundo en mi hombros y lo desprecio

    La pesada carga me aburre

    Los sueños rotos los olvido

    Andromeda silenciosa me mira

    El frío hiere mi garganta

    Mi labios no besan tu boca

    Abril se convirtió en el frío de enero

    Mi pies ya no caminan hacia ti

    Se alejan del centro y huyen

    La lluvia solo hace calentar el

    Ambiente

    La enfermedad me envuelve

    La fiebre enloquece mis sentidos

    Orión se aleja y solo puedo hundirme

    En la cama fría durante el verano

    Me ahogo respirando

    Los ojos lloran piedras

    Borges y Bukowski ya no escriben

    La esperanza se desconsuela

    La vida muere, el sol alumbra

    Y quema el pasto

    Tus pechos me alimentan,

    Quizás lo único rescatable,

    El Golem que ha muerto

    Yo que he muerto.

  • Por: Juan Gonzalo Echeverry

    La emoción se desborda en el cansancio absurdo del día. Cuando ya no queda fuerza para fingir, solo queda mostrarnos como realmente somos. No hay necesidad de aparentar estar bien; estamos destrozados, estamos rotos. En este silencio despojado, los nombres que vienen a nuestra mente son los que han dejado huellas imborrables, los que, de una forma u otra, han marcado nuestra alma.

    Es en este momento, cuando las máscaras caen y el ruido cesa, nos enfrentamos a nuestra verdad más pura, aunque sea frágil, aunque sea hiriente y aunque duela. La verdad, vana y desnuda, nos obliga a abrirnos, a mostrarnos tal cual somos: rotos, pero reales.

    Ya no hay palacios de cristal que protejan nuestra imagen; el viento de la noche los ha derrumbado. Y con su caída, dejamos de ser personajes para convertirnos en humanos, en seres que sienten, que lloran y que recuerdan. Tu nombre, ese que me persigue como un eco, se hace más real que nunca. No es solo un nombre; es una herida que se reabre, una memoria que sangra. Un nombre que sangra.

    Así, en esta penumbra, la verdad emerge. No buscamos respuestas ni consuelo; solo buscamos existir, ser auténticos en medio de nuestra fragilidad. Aquí estamos, rotos pero vivos, dejando que el peso de los nombres y los recuerdos se asienten sobre nosotros nos muestren la verdad de lo que hemos sido y de lo que somos.

  • Por: Juan Gonzalo Echeverry

    A las dos de la mañana, finalmente termina mi turno. El día me ha dejado agotado, sin fuerzas. Todavía me espera el regreso a casa. Subo al carro y pongo la música a todo volumen, tratando de ahuyentar el sueño. Lucho con la oscuridad que envuelve el camino y con el peso de mis párpados, pero sobre todo, con el cansancio que se ha instalado en mi espíritu. Cada kilómetro parece eterno, pero tras unos minutos que se sienten horas, llego a mi casa.

    Una luz encendida me recibe. Es un detalle sencillo, casi imperceptible, pero lleno de significado. Ha sido dejado por quienes ya duermen, un gesto que me acompaña al cruzar la sala sin tropezar con la penumbra. Entonces aparece Andrómeda. Silenciosa y elegante, se posa en su árbol. Sus ojos amarillos me observan mientras dejo el bolso sobre el sofá. Me acerco y acaricio su suave pelaje oscuro. Su ronroneo me calma, como si disipara las sombras mundanas del día. Ella se revuelca, se estira y se coloca boca arriba, vulnerable y confiada, mientras la lleno de mimos.

    —Andrómeda, mi niña preciosa, la más hermosa de la casa. ¿Cómo estás, mi amor? —le susurro con cariño, deseando, aunque sea por un instante, que sus dulces oídos entiendan el amor que le profeso.

    Un leve roce en mi pierna me interrumpe. Es Orión, mi niño hermoso, con los ojos apenas abiertos. Se deja acariciar la cabecita, pero no por ternura: busca lo que desea, sus golosinas. Con una sonrisa, saco unas dulces de mi bolsillo y se las entrego. Esta ceremonia silenciosa, repetida ya tantas noches, me reconforta. Él y Andrómeda las devoran con calma, disfrutando de la lentitud que la madrugada les regala. Los observo, y por un instante, el cansancio se desvanece.

    Me dirijo al baño. Me ducho y siento cómo el agua caliente arrastra el peso del día. Dejo que recorra mi cuerpo, cerrando los ojos bajo el chorro constante. Miro mis dedos arrugados y, por un momento, recuerdo cómo de niño pensaba que mi cara también se arrugaría si pasaba demasiado tiempo en el agua. Ahora, esos dedos arrugados no me llevan a la vejez, sino al tiempo: a cómo transcurre, dejando sus huellas no solo en la piel, sino en cada instante. En las horas, en los días. En los gestos, los abrazos negados y los besos perdidos, en lo que dejamos atrás.

    Cuando salgo, los gatos del amor, como los llamo, han desaparecido. Han sucumbido al ritual del sueño. Apago la última luz de la casa y dejo que la oscuridad lo envuelva todo.

    Guiándome con las manos en la penumbra y la tenue luz del teléfono, avanzo hacia mi habitación. No escucho nada desde el cuarto de mi madre; su descanso es una tranquilidad que me calma. Los gatos están ya en el mundo onírico, arropados en sus camas. Por fin encuentro mi puerta. Entro con cuidado, procurando no perturbar a los que descansan, a los que sueñan.

    Me deslizo bajo las sábanas. La respiración tranquila de mi esposa acompaña el calor de la cama, que me envuelve como un refugio, como una fortaleza. Mi espalda, al fin, encuentra alivio. Mientras el sueño comienza a conquistarme, me pregunto si algún día entenderé el verdadero valor de estos pequeños momentos: el ronroneo de Andrómeda, el roce de Orión, la respiración serena de mi esposa. Tal vez no haya más sentido que este. Y, por ahora, eso era suficiente.