Por: Juan Gonzalo Echeverry

A las dos de la mañana, finalmente termina mi turno. El día me ha dejado agotado, sin fuerzas. Todavía me espera el regreso a casa. Subo al carro y pongo la música a todo volumen, tratando de ahuyentar el sueño. Lucho con la oscuridad que envuelve el camino y con el peso de mis párpados, pero sobre todo, con el cansancio que se ha instalado en mi espíritu. Cada kilómetro parece eterno, pero tras unos minutos que se sienten horas, llego a mi casa.

Una luz encendida me recibe. Es un detalle sencillo, casi imperceptible, pero lleno de significado. Ha sido dejado por quienes ya duermen, un gesto que me acompaña al cruzar la sala sin tropezar con la penumbra. Entonces aparece Andrómeda. Silenciosa y elegante, se posa en su árbol. Sus ojos amarillos me observan mientras dejo el bolso sobre el sofá. Me acerco y acaricio su suave pelaje oscuro. Su ronroneo me calma, como si disipara las sombras mundanas del día. Ella se revuelca, se estira y se coloca boca arriba, vulnerable y confiada, mientras la lleno de mimos.

—Andrómeda, mi niña preciosa, la más hermosa de la casa. ¿Cómo estás, mi amor? —le susurro con cariño, deseando, aunque sea por un instante, que sus dulces oídos entiendan el amor que le profeso.

Un leve roce en mi pierna me interrumpe. Es Orión, mi niño hermoso, con los ojos apenas abiertos. Se deja acariciar la cabecita, pero no por ternura: busca lo que desea, sus golosinas. Con una sonrisa, saco unas dulces de mi bolsillo y se las entrego. Esta ceremonia silenciosa, repetida ya tantas noches, me reconforta. Él y Andrómeda las devoran con calma, disfrutando de la lentitud que la madrugada les regala. Los observo, y por un instante, el cansancio se desvanece.

Me dirijo al baño. Me ducho y siento cómo el agua caliente arrastra el peso del día. Dejo que recorra mi cuerpo, cerrando los ojos bajo el chorro constante. Miro mis dedos arrugados y, por un momento, recuerdo cómo de niño pensaba que mi cara también se arrugaría si pasaba demasiado tiempo en el agua. Ahora, esos dedos arrugados no me llevan a la vejez, sino al tiempo: a cómo transcurre, dejando sus huellas no solo en la piel, sino en cada instante. En las horas, en los días. En los gestos, los abrazos negados y los besos perdidos, en lo que dejamos atrás.

Cuando salgo, los gatos del amor, como los llamo, han desaparecido. Han sucumbido al ritual del sueño. Apago la última luz de la casa y dejo que la oscuridad lo envuelva todo.

Guiándome con las manos en la penumbra y la tenue luz del teléfono, avanzo hacia mi habitación. No escucho nada desde el cuarto de mi madre; su descanso es una tranquilidad que me calma. Los gatos están ya en el mundo onírico, arropados en sus camas. Por fin encuentro mi puerta. Entro con cuidado, procurando no perturbar a los que descansan, a los que sueñan.

Me deslizo bajo las sábanas. La respiración tranquila de mi esposa acompaña el calor de la cama, que me envuelve como un refugio, como una fortaleza. Mi espalda, al fin, encuentra alivio. Mientras el sueño comienza a conquistarme, me pregunto si algún día entenderé el verdadero valor de estos pequeños momentos: el ronroneo de Andrómeda, el roce de Orión, la respiración serena de mi esposa. Tal vez no haya más sentido que este. Y, por ahora, eso era suficiente.

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