Por: Juan Gonzalo Echeverry

La emoción se desborda en el cansancio absurdo del día. Cuando ya no queda fuerza para fingir, solo queda mostrarnos como realmente somos. No hay necesidad de aparentar estar bien; estamos destrozados, estamos rotos. En este silencio despojado, los nombres que vienen a nuestra mente son los que han dejado huellas imborrables, los que, de una forma u otra, han marcado nuestra alma.
Es en este momento, cuando las máscaras caen y el ruido cesa, nos enfrentamos a nuestra verdad más pura, aunque sea frágil, aunque sea hiriente y aunque duela. La verdad, vana y desnuda, nos obliga a abrirnos, a mostrarnos tal cual somos: rotos, pero reales.
Ya no hay palacios de cristal que protejan nuestra imagen; el viento de la noche los ha derrumbado. Y con su caída, dejamos de ser personajes para convertirnos en humanos, en seres que sienten, que lloran y que recuerdan. Tu nombre, ese que me persigue como un eco, se hace más real que nunca. No es solo un nombre; es una herida que se reabre, una memoria que sangra. Un nombre que sangra.
Así, en esta penumbra, la verdad emerge. No buscamos respuestas ni consuelo; solo buscamos existir, ser auténticos en medio de nuestra fragilidad. Aquí estamos, rotos pero vivos, dejando que el peso de los nombres y los recuerdos se asienten sobre nosotros nos muestren la verdad de lo que hemos sido y de lo que somos.
Deja un comentario