Por: Juan Gonzalo Echeverry

Nos han vendido la idea de libertad como un hecho incuestionable. Se nos dice que decidimos nuestro destino, que cada paso que damos es nuestro, que el pasado ha sido un campo de batalla donde la opresión fue vencida. Pero ¿es así? O acaso nos han construido un laberinto de espejos donde la rebeldía no es más que una imagen reflejada, domesticada, absorbida. Lo distinto se vuelve moda, lo disruptivo se convierte en tendencia y lo que alguna vez fue revolución se vende en los escaparates de las grandes corporaciones. La cultura, la política, la música, todo lo que pudo haber sido una grieta en el sistema termina siendo su motor. Así, la rebeldía no desaparece: se recicla, se empaqueta y se nos revende. Este artículo es un intento por desentrañar el mecanismo perverso que mantiene viva la ilusión de libertad mientras perpetúa las mismas cadenas de siempre.
La Trampa del Amo y el Esclavo
Hegel hablaba de la dialéctica del amo y el esclavo, una lucha que debía culminar con la liberación del oprimido. Pero hoy, esa dialéctica se ha transformado. Ya no basta con dominar, ahora el poder debe poseer también la cultura, los símbolos, las palabras que pudieran dar luz a una revuelta. La libertad se ha convertido en un simulacro: creemos que elegimos, pero nuestras opciones están prediseñadas.
Tomemos como ejemplo la democracia. Cada cierto tiempo se nos permite votar, creer que decidimos, cuando en realidad las cartas están marcadas. Los partidos que supuestamente compiten entre sí son parte del mismo engranaje, responden a los mismos intereses. En el mercado sucede lo mismo: cientos de marcas, decenas de opciones, pero al final, todo responde a un puñado de corporaciones que controlan los hilos del consumo.
La Asimilación de la Rebeldía
Las revoluciones han intentado romper este ciclo, pero el sistema es un depredador paciente. La Revolución Francesa eliminó la monarquía, pero instauró nuevas oligarquías disfrazadas de democracia. América Latina se liberó de los imperios coloniales solo para caer en manos de élites locales que replicaron el mismo esquema de poder.
En el arte y la música, la historia es la misma. El rock, el punk, el rap, nacieron como expresiones de resistencia. Fueron un grito de rabia contra el orden establecido, pero hoy, sus estéticas y mensajes han sido asimilados por la industria. Lo que antes era transgresor, hoy es parte del entretenimiento corporativo. La rebeldía se ha convertido en mercancía.
Esto no se limita al arte. Movimientos sociales que nacieron para desafiar estructuras han sido convertidos en campañas de marketing. La inclusión, la diversidad, la sostenibilidad, han sido despojadas de su carga revolucionaria y transformadas en slogans publicitarios. El poder no combate las revoluciones, simplemente las convierte en tendencia y las agota hasta que dejan de representar una amenaza.
Un Sistema que Todo lo Degrada
El capitalismo ha demostrado ser un devorador insaciable. Lo alternativo, lo marginal, lo prohibido, tarde o temprano es absorbido y convertido en un nuevo producto de consumo. Es un sistema que recicla la subversión, que la neutraliza en el proceso de convertirla en parte de la norma.
La contracultura de ayer es la moda de hoy. La insurrección se convierte en performance. La indignación es un hashtag que se diluye en el scroll infinito de las redes sociales. Pensar fuera del sistema se vuelve casi imposible cuando incluso las formas de protesta han sido integradas dentro de sus mecanismos.
¿Es Posible Resistir?
Si toda resistencia termina siendo parte del engranaje, ¿queda algo por hacer? Tal vez la respuesta no está en buscar una gran revolución definitiva, sino en mantener el cuestionamiento constante, en evitar que el pensamiento se vuelva un eslogan más. La verdadera insurrección podría no estar en las calles, ni en la música, ni en la política, sino en la capacidad de resistirse a la domesticación mental.
Porque el desafío no es solo romper las cadenas visibles, sino aquellas que han sido instaladas en la forma en que entendemos el mundo. No hay un enemigo con rostro, no hay un tirano al que derrocar. El sistema está en todas partes y en ninguna, es un mecanismo que se perpetúa a través de la ilusión de libertad.
Entonces, la pregunta sigue abierta: ¿hay alguna forma de romper el ciclo, de escapar de la absorción sistemática de la rebeldía? O tal vez, solo tal vez, el verdadero acto de resistencia sea negarse a jugar el juego.
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