Por: Juan Gonzalo Echeverry

En la penumbra misteriosa de la noche,
me pierdo en la oscuridad de mi ser.
Mis ojos, inservibles, buscan la luz
de la esperanza. Pero el tiempo se ha agotado,
y el vaso ya está roto.
La lluvia, con su presencia infinita,
derrumba la casa que fui,
la casa que soy
y que nunca seré.
El olvido no es más que la memoria
de lo que nunca existió.
No hay ecos, ni voces que pronuncien
mi nombre.
Ni siquiera el tierno maullar
de un gato hambriento en el invierno.
No soy olvido,
porque nadie soy.
Como hombre invisible
dejo que no me vean.
Mi don es no ser.
La impermanencia me llama,
y yo acudo a ella
con las venas abiertas.
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