
En la oscuridad de la noche
el placer me tienta.
El pecado me llama,
y no pido que este cáliz se aparte.
Caigo, como he caído
mil y una veces.
Trato inútilmente de purificarme,
de lavar el barro,
de limpiar el alma.
Me levanto, renazco,
pero vuelvo a caer.
Enganchado como el adicto,
como el pecador,
como aquel que no tiene cura.
Ese soy yo:
el enfermo terminal,
el que no lanza la piedra,
Iván el Terrible en plena locura.
Mas mis fuerzas se alejan,
cada vez más hondo en el fango,
en el hoyo,
en la plegaria no dicha del golem.
Quiero ser santo,
volar al cielo,
caminar sobre las aguas del Jordán.
Mirar a los ojos al único,
verme sin mancha,
oírme como canto celestial,
y sentirme suave,
casi intangible.
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