Por: Juan Gonzalo Echeverry

La sangre no está en mis manos.
El pecado es ajeno,
lejos de mí.
Pero siento como si hubiera dicho el sí.
Siento la culpa, el remordimiento
del crimen, de la barbaridad,
la insensatez que fue más allá.
Pero solo puedo observarla
desde la lejanía de mi sombra.
El secreto ha sido revelado.
Yo lo sé. Yo lo conozco.
Piensan que soy el que ignora,
el durmiente despistado,
pero lo sé todo,
porque mis oídos escucharon el susurro escondido.
La sangre no está en mis manos,
pero siento mis dedos empapados de ella.
Quisiera purificarme y olvidarme,
alejarme y eliminarme.
Sin embargo, el peso regresa.
La sangre está. No se lava,
no se borra,
y en el río del tiempo
se sigue manchando rojo.
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