Biografía

Juan Gonzalo Echeverry

Nací en Medellín, Colombia, en 1990, aunque hace años que el lugar de nacimiento dejó de ser un ancla. Vivo en Estados Unidos, pero también en los libros que he leído, en los paisajes que la memoria distorsiona y en las palabras que intento escribir antes de que se desvanezcan. He sido más lector que escritor, pero la distinción es engañosa: toda lectura es una reescritura, y cada historia escrita no es más que un eco de algo que alguna vez leímos o soñamos.

Desde niño, la literatura fue una grieta en la realidad, un espejo que me devolvía imágenes que no sabía que estaban dentro de mí. No recuerdo el primer libro que leí, pero sí la sensación de pérdida cuando terminaba uno: el vértigo de regresar a un mundo más opaco, menos vibrante. Crecí entre páginas, habitando mundos prestados, preguntándome si en alguno de ellos encontraría respuestas.

Con el tiempo, la escritura dejó de ser una posibilidad y se convirtió en una necesidad. No por ambición, sino porque ciertas historias insisten en ser contadas. Así nacieron El hombre de la camisa a cuadros, Dos mil cincuenta y uno y El extraño caso del Dr. Montoya, relatos que son fragmentos de un mismo intento: atrapar lo efímero, darle forma al caos, trazar mapas en territorios donde el tiempo y la identidad se confunden.

Borges me enseñó que la realidad no es más que una urdimbre de símbolos, que el tiempo es una trampa y que cada historia contiene todas las historias. Fernando Vallejo, con su furia lúcida, me mostró que escribir es también un acto de rebeldía, un desafío al lenguaje y a la muerte. Schopenhauer me reveló que la voluntad es un océano ciego y despiadado, y el budismo me ha susurrado que esa misma voluntad puede disolverse, que todo lo que llamamos “yo” es solo espuma en la superficie del río.

No sé si escribo para comprender el mundo o para deshacerme de él. Tal vez sea una forma de resistirme al olvido, o quizá solo otro modo de soñar. La escritura, como la meditación, es un intento de capturar el instante antes de que se escape. En este blog dejo mis pensamientos, mis relatos y mis obsesiones, sin la certeza de que tengan un destino. Pero si alguien, en algún rincón del tiempo, los lee y siente que la realidad se desmorona por un segundo, entonces habrá valido la pena.